Me duelen las manos por no tocarte

Ayer en la noche me troné los dedos. Uno a uno, y ante cada tronido retumbaba un deseo incumplido. Esa noche no sabía si fue la costumbre de tronarlos o un acto de contención el que hizo que del coraje intentara arrancarme los dedos. Mi orgullo congeló toda iniciativa por recorrer mis manos por tu piel, de unir las estrellas de tu espalda. Un chasquido era un golpe a una barrera invisible que yo te obligué a vestir. Quisiera que este dolor fuera producto de haber labrado la tierra, de haber reparado relojes, de haber cortado cabello, de haber escrito una novela, de haber tocado miles de melodías en un piano, de haber acariciado la espalda de un gato manso sobre mi regazo… pero no, me duelen porque no sacié la sed que tenía de tu tacto. Me duelen porque no toqué tu piel, me duelen porque justo ahora te veo cruzar el umbral y mis manos quieren sujetarte, no sé si para hacer tiempo para pedirte que te quedes o para sentir el calor de tu piel por última vez.

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